A los 11 meses de su toma de posesión, la rectora de la Universidad autónoma de la ciudad de México expresó una valerosa y genuina posición crítica respecto de la comunidad que la eligió en mayo pasado con el ochenta por ciento de los votos del Consejo universitario. Renovado ese cuerpo, sus actuales integrantes y otros miembros de la comunidad universitaria han increpado, y me temo que doblegado, el legítimo intento de la rectora por serlo, es decir, de gobernar una institución que concreta un proyecto muy valioso de educación popular, que por lo mismo debe practicar la crítica y la autocrítica.

La rectora Orozco, una científica laureada y pertinaz participante en proyectos de educación superior, expuso el 4 de abril su parecer sobre la estructura (o mejor dicho la falta de tal estructura) de la Universidad, carente a su juicio “de reglas que normen el trabajo y la vida universitaria (lo que hace) casi imposible realizar cualquier tarea”. En lo que fue apenas el esbozo de una reforma universitaria (que por ejemplo estableciera coordinaciones de licenciatura), la rectora anunció la próxima graduación de más de 300 estudiantes, cifra que es muy superior a la de 47 personas que se han titulado en la década inicial de esa institución.

Ciertamente, la obtención del grado no puede ser el único índice para medir el rendimiento de una institución universitaria, pero no se puede prescindir de él. La eficiencia terminal, expresión que