El hecho paso casi inadvertido, pero a mí me dejó un mal sabor de boca toda la semana. El día del niño, Felipe Calderón y la primera dama se reunieron con más de mil infantes de casas hogar y escuelas públicas. Pero en lugar de exhortarlos a ser mejores mexicanos o juguetear con la idea de que alguno de ellos podrá ser un futuro presidente, Calderón les habló de narcotráfico. Les dijo que su gobierno no cejará en el combate contra las drogas, y que seguirá limpiando las calles de “malos” hasta acabar con todos ellos.

Si la visita presidencial tenía el propósito de incentivar vocaciones entre los infantes, supongo que las palabras de Calderón serán muy útiles para reclutar policías para refundar otra eventual AFI. Me preguntó de que hablará cualquiera de estos niños diez años más tarde cuando recuerde los 15 minutos “célebres” que compartió con el presidente: ¿los asesinatos? ¿la inseguridad? 

Utilizar el día del niño para insistirle a los mexicanos que su presidente se ha “fajado” frente a los narcos no sólo me parece un acto excesivo y de mal gusto. Revela hasta que punto Calderón ha convertido su combate a las drogas en una obsesión.
Días más tarde, el miércoles, el presidente emitió un mensaje a la nación sin algún contenido nuevo. Repitió lo que ha venido diciendo en todo acto público, en toda inauguración y en cada visita de una comitiva del extranjero: El compromiso de su gobierno en su lucha contra el crimen. No es de extrañar que al mensaje a la Nación se la haya puesto menos atención que a cualquier infocomercial televisivo.

Ya son muchos los interlocutores que salen de Los Pinos preocupados por el monólogo presidencial. La queja es la misma: “Calderón no habla de otra cosa”, “le cambiábamos el tema pero él regresaba una y otra vez al combate a las drogas”.
La obsesión arreció esta semana como resultado de las marchas ciudadanas en contra de la violencia, inspiradas por Javier Sicilia, el poeta y padre de un joven recientemente asesinado. El propio Sicilia ha dicho, luego de ser recibido en Los Pinos, que el presidente no entiende, no escucha.

Y en efecto, todo indica que se trata de un diálogo de sordos. Calderón se ha atrincherado para defenderse de un falso adversario. No creo que el país le esté exigiendo que abandone la lucha contra el narcotráfico. Lo que si creo es que muchos le pedimos reiteradamente que revise su estrategia y no deje del lado otros temas vitales.

Mejores estrategias para combatir el lavado de dinero, campañas para la prevención del consumo de drogas, programas para mejoramiento real de las policías, mecanismos para evitar la corrupción y complicidad de gobiernos estatales, terminar con la impunidad flagrante en el sistema de justicia, programas de recuperación de empleo en territorios “perdidos”, fortalecimiento de los programas de desarrollo social en grupos vulnerables.

Pero sobre todo, el combate al crimen organizado pasa por el combate a la impunidad y a la corrupción. Es imposible derrotar al narcotráfico mientras los cuerpos policiacos sigan podridos. Difícilmente podrá reducirse la criminalidad en tanto los jueces y tribunales sigan operando a favor del dinero y del poderoso. Y francamente lo que ha hecho este gobierno en contra de la impunidad y la corrupción es decepcionante.

40 mil muertos más tarde nos muestran que el problema de la obsesión presidencial no es la idea, sino el método. No le pedimos que se cruce de brazos, sino simplemente que los mueva de manera diferente. Hay mucho de admirable en la obstinación del presidente de enfrentarse al crimen organizado, cueste lo que cueste. Es una posición que ha inspirado respeto en el resto del mundo, y con razón. Pero los métodos arrebatados y obstinados han hecho que en el proceso de combatir al Narco el presidente haya olvidado al reto del país.

Me temo que detrás de esta cruzada hay algo más que una simple obsesión. Calderón se ha agarrado a la tabla de la lucha contra el narcotráfico con la desesperación del náufrago. Cifra en ella todas sus esperanzas para llegar con vida a la playa, es decir, al 2012.

Alguien ha convencido al presidente de que su combate al crimen organizado tendrá resultados antes de las elecciones presidenciales y ello podría evitar el triunfo del PRI. La detención del Chapo o un “obamazo” equivalente, la reducción drástica del número de muertos, el reconocimiento internacional a su trabajo contra las drogas. A falta de resultados en otros campos (empleo, educación, crecimiento sostenido) el discurso monotemático de Calderón indicaría que quiere jugarse el todo por el todo en una sola apuesta: la derrota de los cárteles mexicanos.

¿Sabe algo que nosotros desconocemos? ¿Tiene un “obamazo” a punto? o simplemente, ¿Ya lo perdimos?