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viernes, 19 de junio de 2015

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Empleados perdieron batalla contra armadora AGENCIAS / Joshua Partlow/ The Washington Post Publicada el 19/06/2015

 
 En el entusiasmo por el auge automotriz de México -3.2 millones de carros fueron producidos aquí el año pasado en 18 fábricas./Foto: NYT

 
No fue una huelga planeada sino una protesta improvisada: un grupo de trabajadores de la línea de ensamblaje en la fábrica de automóviles de Mazda de Salamanca, Guanajuato, simplemente se alejaron de sus puestos una mañana de primavera.
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En adición a las largas y extenuantes horas, dijeron, aguantaron continuas burlas de un subgerente que supuestamente también acosó sexualmente a una empleada. Se negaron a trabajar hasta que pudieran ventilar sus quejas con los superiores.

“Nos presentamos, pero decidimos no trabajar”, dijo Eder Capetillo, un trabajador de 29 años  que participó en la huelga de un día en marzo. “Estábamos pidiendo respeto”.

En el paisaje económico de México, todo lo que se ve son automóviles. En un País consumido por noticias bestiales -violencia relacionada con drogas, corrupción política, secuestros-, la industria automotriz es una hermosa princesa.

Los estados están compitiendo para aprovechar la inversión que se está haciendo: aproximadamente cada mes una nueva compañía automotriz anuncia planes de expansión por miles de millones de dólares. En abril, Ford dijo que gastaría 2 mil 500 millones de dólares para construir motores y transmisiones, mientras Toyota planea asignar mil millones de dólares en una nueva fábrica para construir Corollas. México es ahora el productor de automóviles número siete de todo el mundo, sobrepasando a Brasil y ascendiendo rápidamente.

“Esta es la industria más fuerte que tenemos ahora”, dijo Miguel Márquez Márquez, gobernador de Guanajuato, donde ha habido más de 7 mil millones de dólares en inversión en la industria automotriz sólo en los pasados tres años. En 2014, una larga porción de los nuevos trabajos en el estado tuvieron que ver con hacer automóviles. Los programas universitarios producen cientos de ingenieros y enseñan japonés. Se están planeando más de 20 nuevos hoteles. “Es un círculo virtuoso: cuando las compañías ganan, nuestra gente gana”.

En el entusiasmo por el auge automotriz de México -3.2 millones de carros fueron producidos aquí el año pasado en 18 fábricas-, la cuestión de las condiciones laborales frecuentemente es pasada por alto. Analistas de la industria y expertos dicen que la mayor parte de esos trabajos dan empleo por encima del promedio para los mexicanos, ofreciendo seguros, tiempo extra y otros beneficios en ‘lo último’ de las fábricas.

Pero la disputa laboral en la planta de Mazda sirve como recordatorio de los retos que pueden surgir detrás de las puertas de estas mega fábricas. En un ambiente en que los empleos relacionados con automóviles están en demanda, los trabajadores dicen tener pocos recursos en conflictos con la gerencia. Pocas semanas después de que Capetillo y sus colegas se quejaron, fueron despedidos o forzados a renunciar -17 trabajadores de una planta que emplea aproximadamente a 5 mil personas. En los meses posteriores, dicen, han estado perdiendo batallas contra representantes insensibles del sindicato y un gobierno estatal apático.

“No te tratan con humanidad. Era explotación en general”, dijo Ricardo Gutiérrez, de 32 años de edad, quien pasó dos años en la planta antes de perder su empleo. “Pero no había nada que pudiéramos hacer”.

Luego del despido hubo una breve explosión de publicidad, con algunos de ellos criticando públicamente a Mazda. Pero cuando las conferencias de prensa se terminaron y las publicaciones de Facebook en páginas con nombres furiosos como “La Esclavitud Moderna de Mazda” comenzaron a diluirse, se encontraron a sí mismos sin opciones. Ellos creían que su protesta era legal y que no interrumpía la producción del día. Los oficiales de Mazda, dijeron, les aseguraron que no tomarían represalias por manifestar sus preocupaciones. La oficina del fiscal estatal dijo que investigaría, pero nada sucedió. Márquez dijo que el problema debía ser resuelto por Mazda, pero que la compañía “tendrá que ser mucho más cuidadosa” en el futuro con las procupaciones de los empleados.

“Lo que les pasó es totalmente ilegal”, dijo Adrián Guerrero Caracheo, líder regional de la Unión Nacional de Trabajadores, quien tomó el caso de los empleados de Mazda. “Arrojaron a 20 personas a la calle cuando solamente estaban pidiendo un trabajo digno”.

La compañía disiente. Negarse a trabajar ese día en marzo representó un “serio incumplimiento de las políticas generales de la compañía” y “puso en riesgo toda la operación de nuestra compañía”, dijo un portavoz de Mazda en una declaración. “Nuestras condiciones laborales cumplen totalmente la ley”.

La Constitución Mexicana permite huelgas laborales en ciertas circunstancias, y la táctica ha sido usada por otros sindicatos, incluyendo a los trabajadores automotrices. Profesores de escuelas públicas en el estado de Oaxaca estuvieron en huelga y no daban clases en protesta contra el gobierno federal por las nuevas reglas para evaluar a los maestros. Y las protestas del sindicato incluso involucraron cortar el suministro de gasolina en las estaciones de servicio una semana antes de las elecciones de medio término.

Pero varios trabajadores de la planta de Mazda dijeron que el representante de su sindicato no abogó en su favor y que el gobierno local no se opondría a tan importante industria. Caracheo dijo que ha entablado pláticas para formar un nuevo sindicato que sirva a la industria automotriz en auge.

En general, expertos en la industria dicen que las condiciones laborales de las fábricas de automóviles tienden a ser mejores que las de otras industrias. Esos trabajos sirven como modelo del tipo de empleo formal, de alta tecnología y que paga impuestos, que México quiere cultivar. Pero parte de las razones por las que México es tan atractivo para los manufactureros es el bajo costo de la mano de obra. El Centro para Investigación Automotriz, un laboratorio de ideas basado en Michigan, encontró que entre salarios y beneficios las compañías de automóviles pagan un promedio de 8 dólares por hora a los trabajadores mexicanos, mientras que en los Estados Unidos esa figura sería de 4 a 7 veces mayor.

“El problema para nosotros está en los salarios”, dijo Alex Covarrubias Valdenebro, profesor de la Universidad de Sonora que ha estudiado los niveles de pago de la industria.

Los estados mexicanos, en su competencia por atraer inversión en automóviles, hace los tratos aún más dulces. Los gobiernos locales ha dado terrenos, exenciones de impuestos e infraestructura a las compañías. En la planta de Mazda de Guanajuato, el gobierno estatal accedió a pagar la mitad de los salarios de los empleados por seis meses.

En la planta de Mazda, distintas quejas sobre el subgerente se fusionaron para provocar que los trabajadores se retiraran.

“Él decía: ‘Eres estúpido. No tienes valor. No sé por qué tienes este trabajo’”, dijo Capetillo. “Era muy incómodo trabajar ahí”.

“Él era un déspota”, dijo José Luis Rodríguez Rojas, un empleado de 23 años de edad que trabajaba con bolsas de aire.

Para un trabajo de doce horas diarias, a menudo incluyendo fines de semana, esa paga de mil 150 pesos semanales -de los cuales 46 pesos desaparecían en cuotas al sindicato... Algunos decidieron que no valía la pena.

Otros, además de los 17 que fueron forzados a irse, también se han marchado. Maira Guadalupe Corona, de 23 años de edad, renunció a su trabajo estando embarazada porque no pensó que pudiera cuidar de un bebé mientras laborara en la planta. Vio que otras mujeres embarazadas trabajaban en la línea de ensamblaje en condiciones físicamente demandantes. Las mujeres con niños se quejaban de que la compañía no les daba suficiente tiempo para lactancia.

“Éramos esclavos de Mazda”, dijo su amiga Miriam Vázquez, de 24 años de edad, quien también dejó la planta recientemente.

Aunque los trabajadores involucrados en el paro laboral de marzo dijeron que se les dijo al principio que no habría repercusiones, aproximadamente tres semanas después la compañía exigió sus renuncias.

“Me amenazaron. Me dijeron que si no firmaba, nadie iba a darme trabajo, porque ellos le dirían a todas las compañías de automóviles cosas malas sobre mí”, dijo Rodríguez. “Desde entonces he estado buscando trabajo. Pero no puedo encontrar nada”.

Capetillo dijo que él tampoco quería renunciar. Pero eventualmente aceptó un despido. Luego de un par de meses de desempleo, recientemente obtuvo trabajo con uno de los contratistas de Mazda que hace control de calidad de autopartes dentro de la misma planta. El usó su experiencia para trabajar para una compañía independiente. Estuvo una semana en el empleo y lo disfrutó.

Pero la semana pasada, cuando llegó a la planta, los guardias de seguridad lo detuvieron. No podía entrar ni regresar; su nombre estaba en una lista. En el mundo de Mazda, ya no era bienvenido.Traducción: Jéssica de la Portilla Montaño.


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Ricardo Anaya: ¿cómo limpiar la corrupción con corruptos?


Un grupo de panistas guanajuatenses, identificados con el liderazgo de Luis Alberto Villarreal desde hace años, madrugaron este lunes para testimoniarle su respaldo al naciente astro panista, el queretano Ricardo Anaya, quien buscará y seguramente logrará convertirse en dirigente de Acción Nacional dentro de pocas semanas.
Villarreal ha sido un político hábil y afortunado. Lo primero le permitió aglutinar las disidencias del oficialismo blanquiazul en el ya mítico Pacto de la Loma, del que formaban parte junto con él Javier Usabiaga, José Ángel Córdova y Ricardo Sheffield.
Con esa estratagema lograron posicionarse como una alternativa al panismo aglutinado en torno a la mancuerna Juan Manuel Oliva – Elías Villegas, que se había convertido prácticamente en dueño del estado.
La fortuna vino no precisamente de las formas más ortodoxas. Como ha sido documentado con amplitud, Luis Alberto Villarreal emergió de la alcaldía de San Miguel Allende como el dueño de una fortuna inmobiliaria que le administraba su hermano Ricardo, el mismo que hoy ha llegado a recibir esa heredad por obra y gracia de los malos gobiernos que le antecederán.
De los lotes en fraccionamientos de lujo a las inversiones en casinos, ya como producto de la protección del grupo político en torno a Gustavo Madero, solo medió un paso. Villarreal pasó de ser un muchacho alegre y jaranero que se divertía en los antros de San Miguel Allende a un potentado que viajaba a Madrid de entrada por salida solo para sentarse en barrera de primera fila de la plaza de Las Ventas a disfrutar una tarde con el matador de moda.
Después llegaron las tentaciones de manejar el presupuesto federal desde la coordinación de la bancada panista en el Congreso de la Unión, permitiendo que las prioridades del gobierno priista permanecieran intocadas mientras a Luis Alberto Villarreal se le permitía manejar a placer una bolsa de más de mil millones de pesos para obras y apoyos a municipios. La habilidad del sanmiguelense lo llevó a idear una fórmula que ni a los priistas más corruptos se les había ocurrido: cobrar una comisión líquida a los alcaldes que recibieran el apoyo, los hoy mundialmente famosos “moches”, adoptados ya por otras fracciones políticas.
No fue todo, la fortuna de Villarreal, la que tiene que ver con la suerte y no con el dinero, lo traicionó finalmente cuando se filtraron a un medio de comunicación las lascivas imágenes de un video donde un grupo de diputados semialcoholizados fraternizaban con chicas de alterne en una fiesta privada en Puerto Vallarta. La foto que quedó para la historia fue la del propio Villarreal ejecutando con donaire una quebradita que hubiera hecho las delicias del público en una cinta de ficheras.
El desgaste traído por ese escándalo, con ribetes moralistas más que políticos, fue suficiente para que Gustavo Madero relevara a Villarreal de su cargo como coordinador de la bancada panista, para replegarlo a un discreto segundo término, pero desde donde operó para dejar a Miguel Márquez prácticamente sin posiciones en la lista de candidatos a diputados federales de su partido.
Villarreal es uno de los principales actores del derrumbe de la imagen panista ante la opinión pública, que derivó en una baja sustancial de la votación de este partido en la elección de este 7 de junio. si por algo el PAN de Gustavo Madero no logró capitalizar el descontento con el presidente Enrique Peña Nieto y el desgaste de las divididas izquierdas, fue por el tema de la corrupción.
Es tan claro ese punto que fue necesario traer a Ricardo Anaya del Congreso, donde llevo la presidencia de la mesa directiva sin estridencias y con gran eficacia, para que ocupara la secretaría general de Madero y desde allí encabezara una campaña, precisamente, contra la corrupción, al ocupar la presidencia de forma interina durante la etapa de selección de candidatos.
Sin embargo, más allá de la insistencia en spots y de los mensajes relativamente convincentes de Anaya, el propósito no se logró y el PAN recibió el castigo de tener en sus filas personajes como Villarreal, como Guillermo Padrés y como tantos otros.
Por eso, llama la atención que a pocos días de haber lanzado un nuevo video con sus posturas para acelerar la convocatoria a elecciones en el PAN y plantear que en el castigo en la urnas a este partido fue evidente “que los ciudadanos están hartos de la corrupción y hartos de los políticos de siempre”, Anaya se tome una foto con políticos de Guanajuato donde la posición prominente la ocupa Luis Alberto Villarreal, emblema viviente de corrupción y política tradicional.
Es evidente que el peor momento de un político para efectuar deslindes es, precisamente, cuando va a una campaña para buscar una posición. Sin embargo, lo que el momento requiere, de acuerdo al discurso del propio Anaya, es audacia y determinación, acompañada de coherencia y valentía. Así que un manejo de dobles discursos donde por un lado se censura la corrupción en general, pero se acepta a los corruptos en particular como aliados, deja mucho que desear.
Si esto continúa, el proyecto renovador de Ricardo Anaya se despintará más pronto que tarde y quedará solo en lo que muchos sospechamos: una cara nueva que pretende ocultar las maniobras, el pragmatismo y el amor por el poder y el dinero del grupo encabezado por Gustavo Madero.
Es decir, Anaya mostrará muy pronto que detrás de su talante juvenil y de su fresco discurso, en realidad estamos ante otro avatar de los políticos de siempre, pero con una agravante: la de la hipocresía.

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El PRD al borde del naufragio


Es ya un tópico repetir, a casi dos semanas de la elección, que el gran derrotado de estos comicios ha sido el Partido de la Revolución Democrática: sólo su dirección parece en la negación, al menos en sus declaraciones públicas. En una elección en la todos los partidos salieron raspados, la construcción orgánica de la izquierda más relevante de la historia de México ha quedado en estado ruinoso, apenas con algunos refugios en los cuales acomodar los muebles para comenzar a recoger los escombros.
No es esta la primera caída electoral del PRD en su historia. Ya en su primera incursión en unas elecciones federales, en 1991, el PRD quedó debajo de las expectativas de sus dirigentes, cuando alcanzó apenas algo así como el ocho por ciento de los votos. Se trataba de un fracaso relativo —a pesar de ser el mayor porcentaje que un partido de izquierda había obtenido por sí solo— pues en la elección presidencial previa Cuauhtémoc Cárdenas, cabeza de la nueva coalición política, había obtenido el 31 por ciento de los votos de acuerdo con las cifras oficiales, sin duda maquilladas. Un par de años antes, apenas formalmente constituido, se había jugado un pulso electoral mano a mano con el PRI en Michoacán y había quedado prácticamente empatado después de una campaña que llegó a tener tintes de guerra civil con cientos de muertos, la mayoría de la parte perredista. Esa auténtica prueba de fuego, junto con la intensa campaña de recuperación de los cuadros y operadores escindidos que emprendió Salinas —con base en el recurso preferido del régimen: el reparto de prebendas—, redujo el tamaño del pedazo de estructura del PRI con el que se lograron quedar Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo, casi únicos sobrevivientes relevantes de lo que había sido en 1987 la Corriente Democrática.
El PRD no nació como una escisión seria del PRI, casi con la única excepción de Michoacán, donde Cuauhtémoc Cárdenas había construido una clientela propia y contaba con la lealtad de políticos locales con prestigio. El partido fue, en sus orígenes, una coalición de diversos grupos de la izquierda mexicana, algunos de ellos provenientes de estrategias políticas disparatadas o con un discurso elemental de radicalismo pueril. Los cuadros más capaces y con mayor reconocimiento nacional provenían del Partido Mexicano Socialista, que le había cedido el registro a la nueva coalición y que a su vez era producto de la muy reciente confluencia de otro conglomerado variopinto.
Así, el PRD nació como una coalición de diversas corrientes políticas identificadas genéricamente como de izquierda, agrupadas bajo el liderazgo de Cuauhtémoc Cárdenas, quien ejerció el poder como caudillo, con lo que alejó a los intelectuales, exceptuado el pequeño grupo de leales que le profesaba veneración absoluta. El PRD no recuperó la tradición ilustrada de deliberación democrática que efímeramente existió en el último PCM y en el PSUM. La estridencia y el acarreo de clientelas comenzó a ser el mecanismo para tomar decisiones y nombrar dirigentes y candidatos. Cada red construyó su corriente y comenzó a competir por el poder dentro del partido, pero con la aceptación del arbitraje final del caudillo, a quien se le debía profesar lealtad.
Después de los años de plomo del gobierno de Salinas, en los que quedó fuera de toda negociación relevante tanto por propia decisión como por la animadversión de Salinas, quien se manejó cómodamente durante su gobierno gracias a la coalición que construyó con el PAN, el PRD acabó incluido en la negociación política para mantener la estabilidad. Primero, la rebelión zapatista provocó que se sentara en la mesa donde se acordó la reforma electoral de emergencia para garantizar la legitimidad de la elección de 1994; inmediatamente después, ya en el gobierno de Zedillo, participó en la construcción del nuevo arreglo que se pactó en 1996 en torno a una reforma electoral de gran envergadura con garantías para todos los jugadores.
La elección del 1997 resultó el primer gran éxito del PRD en el ámbito nacional. Ganó la ciudad de México y fue una fuerza muy competitiva en varios estados, gracias a la estrategia de abrirle las puertas del partido a los derrotados en los procesos de selección de candidatos del PRI impulsada por el presidente partidista de entonces, Andrés Manuel López Obrador. Con el triunfo de Ricardo Monreal en Zacatecas, al año siguiente, el partido se convirtió en la opción de salida privilegiada para la disidencia priísta.
Son esos los años de oro del PRD, que sin embargo siguió teniendo altibajos electorales. En 1997 logró cerca del 26 por ciento de los votos, pero en la elecciones presidenciales de 2000 Cuauhtémoc Cárdenas repitió el porcentaje de 1994: poco más del 16 por ciento. En las intermedias de 2003 logró un ligero repunta y sobrepasó el 17 por ciento. En 2006, la candidatura de Andrés Manuel López Obrador los llevó a tener el mejor resultado electoral de su historia, en empate técnico con el ganador y más del 35 por ciento en la elección presidencial, aunque con seis puntos menos en la elección de diputados, cuatro abajo del PAN y apenas medio por arriba del PRI.
La radicalización de López Obrador en el conflicto poselectoral los condujo a un gran descalabro para 2009, cuando sólo lograron el 12.20 por ciento de los votos. La reconciliación con López Obrador y de nuevo su arrastre les permitió alcanzar el 16 y medio por ciento por sí solo y algo así como el 21 total en coalición con sus aliados, aunque su candidato presidencial había logrado el 32 por ciento de la votación.
Ahora el PRD ha caído a menos del once por ciento, su peor resultado histórico si se exceptúa el de 1991, cuando aún no había pactado las reglas del juego. Pero la crisis del PRD no se reduce a la catástrofe electoral, apenas atemperada por su triunfo en Michoacán. La escisión de López Obrador y sus leales ha quebrado su hegemonía en la izquierda, mientras que el grupo que ha controlado el aparato partidista durante la última década ha sido incapaz de detener la espantada de cuadros, entre ellos la del propio patriarca fundador. Tal vez el grupo dirigente lo percibe como una depuración que les permitirá consolidar su control, pero en realidad el partido se cae a pedazos, hundido en el desprestigio y sin que haya sido capaz de capitalizar su participación en el pacto por México por su torpeza a la hora de comunicar las ganancias programáticas obtenidas a su base electoral.
La crisis actual del PRD es de gran calado. Ensimismados, sus dirigentes se aferran a la nave escorada al borde del naufragio. Para no acabar convertido en un cascarón irrelevante, el PRD debería emprender una reingeniería mayor; eso implicaría una renovación seria del liderazgo —no sólo de su presidente— pero en su proceso de deterioro también se quedó sin renuevo generacional y carece del menor atractivo entre los jóvenes. Si no construye una alianza salvadora, en 2018 el PRD pasará a la irrelevancia.


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